Vientre de alquiler: Cuando la maternidad tiene precio

Crónicas

El vacío legal que existe en la ley  ha dado pie a que el Perú se convierta en un destino seguro para alquilar un vientre. Este hecho podría generar delitos como la falsificación de documentos, estafa o tráfico de menores.

Las ofertas suelen realizarse a través de internet o por contacto con algún familiar. (Foto/ Punto Seguido)

Redacción: Muriel Villavicencio

Se alquila. Mujer de 28 años con dos hijos pequeños. Sin pareja en la actualidad. Muy fértil. Seguridad garantizada y disposición absoluta. Sin arrepentimientos, ni problemas legales a futuro. Alquiler previa evaluación. Precio razonable.

Eveling Angélica deja pasar los minutos con la esperanza de no recordar, lo que ella considera, el “favor” más grande que hizo en su vida. Le pide a su hija, Romina, que se vaya a la casa de al lado, de su tía, para que no escuche lo que está a punto de contar. Se sienta, respira y espera.

  • ¿Qué quieres que te diga?
  • Todo lo que pasó.
  • Bueno, yo me contacté con ellos gracias a mi cuñada, porque ella es muy cercana a la pareja a la que ayudé…

“Antes yo vivía en Malambo con mi abuela “, cuenta. Un barrio peligroso en el límite de Santiago de Surco y Barranco, en donde las peleas callejeras son el espectáculo del día, las casas son fumaderos de drogadictos y los callejones, escondites de ladrones. “Hasta que salí embarazada a los 17 de César y me vine a vivir acá con mis suegros para que mis hijos no pasen lo que yo”, explica sentada en la puerta de su casa, con un cigarro Pall Mall mentolado y un encendedor.

Eveling es morena, de estatura baja, contextura gruesa y pelo ondulado pintado de rojo parecido al color de la sangre. Cuando apenas tenía 15 años conoció a César, quien vivía a unas cuadras de su casa, pero eso bastaba para que todo fuera más tranquilo, más prometedor. Desde ahí estuvieron juntos. Pero una infidelidad producto de la inmadurez propia de su edad, hizo que la relación terminara. Quedaron dos hijos pequeños, un intento de suicidio y un futuro aún más incierto que el que ya tenía en su adolescencia.

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(Foto/ Punto Seguido)

La primera vez que Eveling dio a luz  nació un varoncito de piel canela, labios prominentes y pelo negro rizado igual al de César. La segunda vez  fue una mujer  muy parecida a su hermano. En el tercer embarazo nacieron mellizos: blancos, cabello lacio y ojos marrones. Así los describe.

Los mellizos llegaron a este mundo luego de dos meses de tratamiento de fertilidad, cinco horas de trabajo de parto, una epidural, una cesárea y treinta y ocho semanas de enorme angustia. Eran y serían diferentes para ella y para la familia que los esperaban.

La mujer a la que le alquiló el vientre tenía otros hijos, pero con los dos últimos todo era diferente. Ella no gestaría a estos bebés, no sentiría sus movimientos, no vería su vientre crecer y tampoco tendría esa conexión que toda embarazada tiene con el feto desde antes de nacer. Tal vez por eso, durante el parto, estaba aterrada como nunca antes en ninguno de los otros nacimientos de sus hijos.

— Mientras Eveling daba a luz, mi amiga lloraba desconsolada en la sala de  espera, porque no entendía cómo sus hijos podían estar naciendo de otra persona— comenta Leti, la cuñada que la contactó con la pareja.

La mujer a la que Eveling le hizo el “favor” tuvo cuatro hijos en su primer matrimonio. Pero luego del nacimiento del cuarto, le detectaron unos miomas uterinos. Una especie de tumores, en muchos casos benignos, que crecen en la matriz de la mujer por exceso de hormonas en el cuerpo o por genes hereditarios. Existen varios tratamientos para eliminarlos, pero ella eligió una histerectomía. El proceso más complicado, en el que te extirpan el útero en caso de que no quieras tener más hijos. El más invasivo. Por ese entonces, nadie sabía que, años más tarde, esta mujer se casaría otra vez. Nadie esperaba que el nuevo esposo quisiera más hijos. Nadie creía que una mala decisión la haría someterse a una fecundación in vitro, buscar un vientre en alquiler y gastar más de 50 mil soles.

El procedimiento no fue tan simple como parece. Lo más complicado no era encontrar un vientre en alquiler, sino una mujer que no se arrepintiera al final del proceso, como ya ha pasado en otros casos. Y les arrebatara, en el último momento, el anhelo de ser padres. Aunque nada, ni con el mayor de los esfuerzos, podría asegurar ello. Así que se armaron de valor, encontraron a Eveling a través de Leti, su mejor amiga, y decidieron confiar en que no les fallaría.

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En el Perú  no existe una ley que permita el vientre de alquiler, pero tampoco hay una que lo sancione. La ley general de salud acepta que las mujeres con problemas de fertilidad sean asistidas con una única condición: esta misma debe gestar al embrión. Pero al existir un vacío legal, todo es posible. La ley no te sanciona por algo que no te prohíbe. Si la ley no es específica, no es un delito explícitamente. Pero no es legal realizar un contrato de alquiler cuando se trata de una persona y no de un objeto.

Aún así, cuando Eveling aceptó el trato por una suma de 20 mil soles, comparado con los 70 mil que les ofrecen a otras mujeres por internet, la llevaron al notario. La sentaron y constataron. El óvulo lo iba a dar la mujer, el espermatozoide, su pareja, y de Eveling, usarían nada más el vientre. Solo sería una incubadora humana. No había nada que la relacionara con los bebés. Ni su sangre, ni su ADN. Ella no se iba a ver involucrada. O, al menos, eso era lo que pensaba

-Él siempre estuvo preocupado porque eran sus primeros hijos. Ella, como ya tenía cuatro, estaba más calmada. Él siempre me llamaba o me escribía para saber cómo estaba, cómo estaban los bebés.

¿Entonces siempre tuviste apoyo? “Sí, en todo momento. Tuve la suerte de que me ayudaran también con las cosas de mis hijos”, responde.

Eveling se internó un 16 de diciembre por la tarde. Estuvo toda la noche en compañía del padre, quien le daba las gracias una y otra vez por “regalarle” la oportunidad de ser padre.

Luego de las interminables horas de espera, la llevaron a la sala de operaciones, donde le realizaron una cesárea. Evelin creía que su suplicio ya había acabado, pero ese era solo el comienzo. Al nacer, los bebés tenían la piel oscura, trigueña. Más parecida a Eveling que a  sus padres. Entonces, ella creyó que tanta amabilidad no había sido en vano. Se vio frágil. Indefensa. La mujer más crédula del mundo, esa debía ser ella. Pero nunca se los dijo. Siempre pidió que no tocaran nada más de su cuerpo. Lo dijo cuando la contactaron, lo dijo en el notario y, también, mientras la estaban fecundando.

—Pensé que no los vería de nuevo, pero en la Maternidad de Lima te piden que des de lactar a tus hijos. Y tuve que hacerlo, recuerda más tranquila.

Primero llegó la niña. La habían limpiado y cambiado, y ya no se parecía tanto a ella. El color seguía siendo oscuro, pero un oscuro más claro, común en los recién nacidos. Ahí la inquietud de Eveling cesó.

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Para inscribir a los bebés en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (Reniec), la pareja contrató a un abogado. Iban a seguir un proceso de adopción que podía durar meses o hasta años, como sucede en la mayoría de estos casos, pero pudieron arreglarlo de otra manera más fácil. Sin involucrar a Eveling, con menos trámite y poco papeleo. Tal vez, la pareja solo quería ahorrar gastos, evitar otro proceso y disfrutar del momento. Pero este hecho podría haberles costado la libertad. Existen organizaciones delincuenciales que realizan el mismo procedimiento: reclutan mujeres que alquilen su vientre, consiguen clínicas privadas y médicos que vigilen el embarazo y, cuando el bebé ya ha nacido, falsifican los documentos para venderlos.

    —No. Esos no son mis hijos. No son míos, no son mis hijos— repite Eveling cada vez que le preguntan por aquel embarazo.

Hace casi dos años que Eveling Angélica decidió dar su vientre en alquiler. Dos años desde que entregó a dos bebés que nacieron de su ser. Y, aunque siempre intenta borrar de su memoria los ochos meses que los mellizos estuvieron consigo, su cicatriz siempre será testigo del secreto, tal vez, más grande de su vida.